De aquella que sin saberlo ya veía anime en series como Candy Candy, Mazinger Z o Astroboy, que vimos Robotech sin saber que fue una mutilación de algo llamado Macross, que lloramos al mismo tiempo que Remi y sufríamos con su vida desdichada.

De cuando un grupo de niños bonitos hizo su triunfal aparición en la tele mexicana luchando sangrientas batallas para salvar a una diosa rencarnada. Cuando la única manera de levantarnos temprano un sábado por la mañana era para ver que sucedía en la vida de Serena y sus amigas, si encontrarían a la Princesa de la Luna y salvarían al mundo de Beryl y el Negaverso, aun cuando al terminar el episodio regresaras a la comodidad de tu cama a seguir durmiendo, eso si no tenías televisión en tu cuarto y te chutabas al Carisaurio.

De aquella que llegaba corriendo de la escuela para disfrutar una buena barra de caricaturas japonesas con Escaflowne, Zenki, las Guerreras Mágicas y los Justicieros.

Ni que decir del héroe de la década, cuyo peinado llamaba la atención, a quien vimos crecer, casarse, tener familia, morirse un par de veces para que al final volviera a ser niño. Ese Sayajin de pelos necios que cuando se enojaba se ponía güero del coraje, quien nos hizo creer que al juntar 7 esferas nuestros deseos se harían realidad o que al alzar las manos al cielo, estábamos contribuyendo en la salvación universal.

Tampoco puedo olvidar al chico de la trenza, cuya maldición aparecía al hacer contacto con el agua fría, una serie víctima de la censura, pero que pudimos ver hasta el final.

Y eso sólo pasaba en televisión abierta, porque los que teníamos la dicha de contar con tele de paga, sintonizábamos Cartoon Network para ver a Sakurita, el goloso de Kero y un montón de cartas escapistas a las que debían atrapar, seguidas de un grupo de moustritos de bolsillo, curiosamente llamados Pokemon cuya competencia directa también terminaba en -mon, pero comenzaba con Digi- y siguiendo con los duelos, ahora con cartas, peleamos contra Pegasus de la mano de Yugi y compañía.

Soy de una generación que adoptó el término otaku como algo digno de reconocer, sin importar que su significado real implique algo despectivo y grosero. Lo abrazamos con cariño y nos enorgullece llamarnos así.

Aun recuerdo mis primeras convenciones, algunos puestecillos dentro y fuera de un gimnasio, ahora se dan el lujo de tener 2 al año, sin contar aquella que tiene nombre de dinamita. Cuando el Comics Rock Show no era más que un pequeño espacio dedicado a nosotros y acudíamos cada sábado a buscar nuestras series favoritas y salíamos con cajas de VHS con sólo 2 ó 4 episodios por video, y si teníamos suerte algunos discos en formato .mpeg o .avi.

Las primeras revistas eran fotocopias y después en blanco y negro, era nuestra única manera de tener acceso a la información, ¡cómo olvidar Domo, Plan B o Seinen! Ahora todo es más fácil, basta con un simple click y tienes una infinidad de cosas a tu alcance, información, series, mangas, música, etc. Y no sólo eso, te puedes comunicar con personas que comparten tu misma afición, aun estando en otros países o hablando otros idiomas. Puedes dar un paseo virtual por las calles de Akihabara y soñar con algún día transitarlas, ver los cerezos caer o estar a los pies de la Torre de Tokyo.

El cosplay se ha vuelto más que una moda, un arte que implica conocimientos de costura, diseño y porque no, hasta teatrales. Los fanarts han transformado dibujantes, aquellos que comenzaron copiando los dibujos de sus series favoritas, ahora son grandes talentos a los que desgraciadamente les falta reconocimiento, pero no por eso dejan de ser creativos. Ahora se escuchan canciones en idiomas desconocidos, que suenan gracioso y tarareamos aunque no sepamos su significado, nos hacen brincar, bailar y llorar, hasta rogamos porque alguno de los grupos que las interpretan visite nuestras tierras, cosa que ya han comenzado a suceder y para muestra basta el concierto de X Japan el año pasado.

Estoy orgullosa de haber visto crecer el mundo del anime/manga en nuestro país y que ahora podamos hablar más abiertamente de nuestro fanatismo, aunque por ahí todavía hay gente que nos llama raritos. Ahora que muchos de esos fans somos adultos, algunos con familia, trabajo y otras tantas responsabilidades, es bueno saber que no hemos perdido el amor que le tenemos a aquella importación japonesa, ha cambiado eso es cierto y a lo mejor ya no vemos lo mismo, pero seguimos teniendo ese corazón otaku que nació cuando vimos por primera vez esas caricaturas de grandes ojos y colores llamativos.

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